top of page
  • Foto del escritorPablo Petruccelli

Atreverse a construir un puente



Nadie había cruzado ese río caudaloso colmado de riesgos y amenazas. Del otro lado del Rhin estaban los territorios germánicos.

Julio César estaba ahí, no era un hombre que se conformaba con las fronteras y menos aún con las limitaciones.

Observó los árboles que crecían en los alrededores y concibió una idea desafiante: Construir un puente.

Junto a sus soldados, decidió colocar los pilares en ángulo, para soportar las tremendas corrientes. Además, construyó una plataforma flotante que actuaba como un martillo para fijar los pilotes. La distancia que debía cubrir era la equivalente a cuatro campos de fútbol y además sólo podía usar madera.

Los criterios constructivos aún perduran, pero Julio César pasó a la historia por el tiempo que empleó en la hazaña: ¡Tan sólo diez días!

Al finalizar la obra, atravesó el río y exploró las tierras con un propósito: impresionar a sus enemigos.


Los romanos estaban impregnados del fervor de la conquista, no tenían miedo porque habían sido capaces de hacer algo que nadie había hecho. Los germanos eran muy superiores en número, pero al verlos se fueron rezagando, hasta emprender la fuga.

Julio César hizo algo inesperado. Sabía que no era necesaria una confrontación y regresó. Pero antes, ordenó destruir el puente para que ningún enemigo pudiera cruzarlo.

Esto ocurrió en el año 55 a.C. Antes de él y después, ese río continúa como un emblema en la travesía de los hombres. Hay un momento en el que se arriba a un lugar que nos desafía, por su temeridad, la magnitud del riesgo, la incertidumbre del resultado, la precariedad de los recursos. Se puede retroceder, con el consuelo de haber llegado hasta ahí o intentar la hazaña.

Cuando la intensidad del deseo es muy fuerte, acude un instante de gloria, para concebir una idea y construir un puente para cruzar los miedos. Ese es el destino.

Entradas Recientes

Ver todo
bottom of page