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  • Foto del escritorPablo Petruccelli

El estrés de la manga



Los transportistas y frigoríficos saben que deben neutralizar la excitación de los animales. Cuando sienten miedo se agrupan y evitan desplazarse. Requieren hasta 30 minutos para calmarse y normalizar el ritmo cardíaco.

Los movimientos de quienes agilizan la salida del corral tienen que ser lentos y evitar los gritos. Los animales que vacilan son conducidos, llevando primero a uno manso, para que los otros lo sigan. Para ayudarse utilizan punzones eléctricos que impulsan a los más rezagados o temerosos. El aislamiento del grupo produce una enorme perturbación, al igual que cuando están muy hacinados. La zona de fuga de un animal es su zona de seguridad. Los operarios deben mantenerse en el límite de esta zona. Si un animal da la vuelta y se enfrenta a una persona, significa que la persona está afuera de su zona de fuga. El tamaño de la zona de fuga depende de lo salvaje o manso que sea el animal.

Para obligar al animal a desplazarse hacia adelante, el operario debe estar por detrás del punto de equilibrio a la altura de los cuartos delanteros. Para obligar al animal a moverse hacia atrás, el operario debe situarse enfrente del punto de equilibrio.

Las mangas son lo suficientemente angostas para que el animal no pueda darse vuelta ni permitir que se atasquen dos. Deben ser curvas para agilizar el movimiento. Además hay áreas llamadas de aturdimiento. Hay una escena muy impresionante que se produce cuando un animal intuye su destino, cargado de miedo intenta retroceder, pero no puede, es impulsado por los que vienen detrás, hacia el sacrificio.

El miedo es una emoción universal en todo animal y lo mueve a evitar a sus predadores. La novedad es un gran factor de estrés cuando el animal es súbitamente expuesto a la misma. También la restricción en sus movimientos, el hambre o la fatiga.


¿Qué nos sucede a los hombres cuando nos desplazamos por nuestras propias mangas?

El hacinamiento de las fábricas, autopistas y edificios seguramente perturba nuestras emociones.

Nos hemos vuelto adictos a las novedades y tapamos cualquier síntoma de angustia con pastillas, mientras caminamos alegremente hacia nuestro voluntario sacrificio.

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